El mundo mira al Norte
Trump puede fortalecerse o chocar con el final de su carrera política.
Estados Unidos, la principal potencia del mundo define su destino y, con eso, de gran parte del planeta, en particular, la Argentina.
Esa definición llega de la mano de unas elecciones de medio término que se llevarán a cabo mañana y que pueden representar el principio del final de Donald Trump. O, por el contrario, el fortalecimiento de la figura del presidente norteamericano.
Así, en blanco y negro, aunque con más chances de que el republicano se lleve una fuerte derrota. Por lo menos, eso dicen las encuestas.
Con una popularidad por el piso (en torno a un nivel de aprobación que parte del 30% y, como mucho, araña el 38% como techo, según los sondeos), la posibilidad concreta de que pierda las mayorías que hoy tiene en la Cámara de Representantes -donde se elige la totalidad de los 435 diputados- y quizá también en el Senado -que pone en disputa 35 escaños, un tercio de las bancas- está ahí, amenazante. Al acecho.
De la suerte de Trump también puede estar atada la del gobierno de Javier Milei, el presidente argentino que admira al estadounidense y que ha logrado favores económicos que, según distintos analistas, incluso le permitieron obtener una ventaja en las elecciones legislativas de 2025 con un apoyo financiero de 20.000 millones de dólares.
Un mal resultado del republicano puede agitar las propias urgencias internas trumpistas, postergar sus “rescates” a gobiernos amigos y ralentizar sus alianzas internacionales.
Es cierto que las derrotas de los oficialismos son muy comunes en las elecciones de medio término de los Estados Unidos: en 37 de los 41 casos que se celebraron desde 1864, la oposición ganó en la Cámara de Representantes. Incluso muchos presidentes en ejercicio obtuvieron su reelección pese a haber sido derrotados en las legislativas dos años antes. Pasó, por ejemplo, con Ronald Reagan, Bill Clinton, Barack Obama y Joe Biden. Pero para Trump ese reflejo puede traer peores perspectivas: en 2018 perdió las legislativas y, dos años después, fue derrotado por Biden en las elecciones presidenciales de 2020.
Si bien esta es la última Presidencia a la que Trump puede aspirar -no podría competir en 2028- la posibilidad de que pierda activaría el síndrome del “pato rengo”, es decir, una vulnerabilidad política en sus últimos dos años de mandato, con un poder que se diluye y se escurre entre sus manos. Y con sus enemigos, propios y ajenos, al acecho.
Pero las miradas van a estar puestas sobre todo en el Capitolio nacional y lo que ocurra con los gobernadores, no sólo por la gobernabilidad a futuro de Donald Trump sino también porque de allí puede asomar el próximo inquilino de la Casa Blanca en el período 2029-2033.
En ese panorama, los demócratas ponen en juego 13 bancas en el Senado (de las 45 que poseen), mientras que los republicanos llevan a la cancha 22 (de 53).
Es decir que Trump y compañía enfrentan un riesgo mayor que sus rivales en la Cámara Alta. Y, como en la Cámara de Representantes se elige la totalidad de sus miembros y allí hoy los republicanos son mayoría, también el oficialismo tiene más para perder que para ganar en ese cuerpo.