Editorial
Una reciente encuesta de la plataforma de empleo Bumeran, difundida por el portal iProfesional, indica que el 87% de los trabajadores argentinos considera insuficiente su salario para cubrir necesidades básicas, dos puntos más que en el relevamiento del año anterior. Más llamativo aún es que el 28% de los consultados admite que, apenas cobra, destina la totalidad de su sueldo a pagar deudas, y solo el 23% afirma no tener ninguna.
La radiografía que surge del estudio es la de una economía doméstica asfixiada. Al 15% de los encuestados el ingreso le dura menos de una semana. Apenas uno de cada diez logra ahorrar todos los meses y, entre quienes lo consiguen, la mayoría guarda una décima parte del salario o menos. El alquiler es el principal gasto para el 44%, seguido por los alimentos (27%) y el pago de deudas (16%). Y la mitad de los consultados asiste, de manera regular u ocasional, a familiares o allegados, de modo que el sueldo debe estirarse también para sostener a otros.
No son cifras de un estudio aislado. En los últimos meses, diversas consultoras y centros de estudio han elaborado informes que coinciden en que crecen la morosidad, el uso del crédito para gastos corrientes y la proporción de ingresos comprometidos en cancelar obligaciones. Las metodologías difieren, pero la tendencia es la misma. Las familias ya no se endeudan para proyectar, sino para llegar a fin de mes. La causa principal es la pérdida sostenida del poder adquisitivo de los ingresos de amplios sectores de la población.
El propio CEO de Bumeran reflexiona que la desaceleración de la inflación no implica, por sí sola, una recuperación del salario real. Después de varios años de pérdida acumulada, el desafío ya no consiste solo en ganarle a los precios, sino en reconstruir capacidad de consumo.
Las familias ya no se endeudan para proyectar, sino para llegar a fin de mes. La causa principal es la pérdida sostenida del poder adquisitivo de los ingresos.
Las familias ya no se endeudan para proyectar, sino para llegar a fin de mes. La causa principal es la pérdida sostenida del poder adquisitivo de los ingresos.
Hay otro dato que merece atención. Si recibieran un aumento, el 46% lo destinaría íntegramente a pagar deudas y solo el 15% lo gastaría en consumo. Es decir que mientras la deuda absorba cualquier mejora salarial, esa mejora no llegará a los comercios, a las pymes ni a la producción. Un trabajador que paga intereses en lugar de comprar deja de dinamizar el mercado interno, del que dependen el comercio, los servicios y buena parte de la industria.
Catamarca ilustra con nitidez esa dinámica. Según el Instituto Argentina Grande, la morosidad de las familias catamarqueñas pasó del 5,7% en febrero de 2024 al 17,1% en el primer trimestre de 2026, es decir, se triplicó en poco más de dos años. Los acreedores no son solo los bancos y las billeteras virtuales. Dirigentes del comercio local han advertido que, si las familias no pueden refinanciar sus deudas, la reactivación del consumo será muy lenta.
De ahí que la discusión no pueda limitarse a las condiciones del crédito o a la educación financiera, por útiles que sean. El problema de fondo es la caída del ingreso. Se requieren políticas que favorezcan una recomposición de haberes genuina y sostenida, tanto para los trabajadores activos como los pasivos. Sin ingresos que se recuperen, no habrá reactivación posible del consumo, del mercado interno ni, en consecuencia, de la economía en su conjunto.