El reciente informe elaborado por Argentinos por la Educación, denominado Índice de Resultados Escolares (IRE) de primaria 2025, ofrece una fotografía que admite dos lecturas simultáneas, complementarias pero contradictorias. Por un lado, exhibe una mejora real en la capacidad del sistema educativo catamarqueño para retener a los alumnos dentro de la escuela. Por otro, deja al descubierto que esa permanencia, condición necesaria pero no suficiente, está lejos de traducirse en los aprendizajes que la sociedad espera de seis años de escolaridad primaria.
El dato auspicioso es que 98 de cada 100 niños catamarqueños que ingresaron a primer grado en 2020 llegaron a sexto grado en 2025 sin repetir ni abandonar. Ese guarismo supera el promedio nacional. Se trata de un avance que no debe minimizarse. Sin embargo, el informe introduce una segunda dimensión que relativiza el entusiasmo inicial. Cuando a esa trayectoria escolar se le incorpora el desempeño académico medido por las pruebas Aprender 2025, el índice se desploma, porque apenas 43 de cada 100 alumnos catamarqueños que terminaron la primaria alcanzaron los aprendizajes esperados en Lengua y Matemática.
La escuela catamarqueña parece haber logrado resolver, en gran medida, el problema de que los chicos estén adentro del aula, pero no ha resuelto qué ocurre efectivamente dentro de esa aula durante el trayecto escolar de la primaria.
Es imprescindible generar un ámbito institucional de debate genuino sobre la calidad de los aprendizajes, que convoque a todos los actores de la vida escolar.
Frente a este panorama, la tentación de reducir la discusión educativa a dos ejes tradicionales, el salario docente y el estado de la infraestructura escolar es insuficiente. Ambos temas son legítimos y no deben desatenderse. Pero ninguno de los dos explica, por sí solo, por qué más de la mitad de los chicos que permanecen en el sistema no logra los aprendizajes esperados.
La calidad educativa depende de variables que exceden lo salarial y lo edilicio; es decir, la formación docente continua, las prácticas de enseñanza en el aula, los tiempos reales dedicados a la lectoescritura y al pensamiento lógico-matemático, la evaluación formativa y la capacidad del sistema para detectar y acompañar tempranamente a quien se atrasa.
Es imprescindible, en consecuencia, generar un ámbito institucional de debate genuino sobre la calidad de los aprendizajes, que convoque a todos los actores de la vida escolar y que fije metas concretas, indicadores de seguimiento y plazos verificables.
Ese debate debe orientarse en función de experiencias exitosas, tanto internacionales como locales. Catamarca cuenta con antecedentes de gestión educativa que merecen ser estudiados y, en su caso, ampliados. El sistema educativo del municipio capitalino viene desarrollando en los últimos años una batería de iniciativas de avanzada: los Exámenes Cambridge en formato digital, el Programa Municipal de Inglés, el Programa de Fortalecimiento para la Educación Inclusiva, la capacitación continua en Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), los Centros de Estimulación de la Infancia y Familia, el Operativo Municipal de Evaluación, y la incorporación de robótica, programación y competencias digitales, entre otras líneas de trabajo.
Ninguna de esas experiencias, tomada de manera aislada, resuelve por sí sola una brecha de aprendizajes que es estructural y que atraviesa a buena parte del sistema educativo argentino. Pero constituyen, en conjunto, un capital de gestión local que debería formar parte de cualquier discusión seria sobre cómo mejorar los resultados escolares en la provincia.